A la orilla del Liffey

Dublin

Si son de esas personas coincidirán conmigo en que el hipnotismo del mar es adictivo. Aunque no me enorgullezca de lo que digo, los vicios son esos pequeños detalles que me gusta cuidar. Creo que algo en lo que invierto un tiempo constante merece la pena ser mejorado pero poco después, y a regañadientes, acepto que todos los vicios siguen una rutina y que la rutina es el peor de ellos.

Me siento lo suficientemente cerca del agua como para sentir que alguien me abraza, cierro los ojos y dejo que las olas rompan libremente contra mis tímpanos. Me pregunto varias veces porqué será tan placentero un sonido tan monótono y me corroboro a mí misma que el paraíso huele a sal. Creo que no temo a la muerte desde que alguien escribió que morir era como perdese en la orilla. Pero desde entonces esa idea también me produce melancolía. A veces, cuando sólo estamos el agua y yo, siento que mi cuerpo se ha quedado fijo ante las olas y que quizás mi mente nunca recuerde irlo a buscar. Otra de esas sensaciones dulces y frías que muchos llaman soledad pero que una persona solitaria siempre considerará la mejor compañía: la tranquilidad.

A falta de drogas siempre hay una orilla. A falta de orilla siempre ha estado el Liffey.

El cielo sangra, dos corazones se queman y la luna observa desde la lejanía.

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