“El hombre del bosque”

SUEÑOS

El miedo estaba presente en mi mente y en mi piel. Hasta que aparecí en aquél bosque. Recuerdo a la perfección el hombre del bosque. Me crucé con él un 29 de Febrero a la hora en que los rayos de sol todavía filtran entre las hojas y el color verde se disfraza de amarillo. Por un momento, creí que todo se trataba de un sueño. Un hombre con esos pantalones, chaleco, camisa y sable al cinturón no podía ser real, no era de nuestra época. Pero en el momento en que levantó la mirada olvidé mi reflexión. Sus ojos decían que tenía un objetivo definido pero que a la vez no quería cumplirlo. No caminaba despacio pero puedo recordar cada una de mis impresiones como si la secuencia se hubiera repetido continuamente. Me dio pena, confianza, curiosidad, desconcierto y por último valentía. Pero en ningún momento miedo.

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“El custodiador y mi trabajo”

SUEÑOS

Por entonces, estas palabras estaban grabadas con fuego en mi mente, hasta el punto de rozar la franja de pérdida de significado. Cómo si fueran lo único que yo debiera saber. Cómo si fueran lo único que yo sabía. Con esta frase inicial yo ya supe inmediatamente dónde estaba y qué debía hacer.

Me encontraba en una habitación oscura con una única luz que dejaba mostrar el sofá, dónde esperábamos mi acompañante y yo. Todos mis acompañantes iban a morir. Yo lo tenía realmente asumido. Por un lado no tenía alternativa alguna y, por el otro, porque al fin y al cabo era mi trabajo. ¿Qué iba a hacer yo para oponerme a mi trabajo o a mi custodiador? Entonces era imposible, incuestionable. Además, no era un trabajo tan duro. Las víctimas nunca supieron que yo tuve algo o casi todo que ver con su tragedia y este argumento me debía consolar desde hacía bastante tiempo. 

Llevaba un rato hablando con aquél hombre de mediana edad. Por entonces su cuerpo empezaba a debilitarse y yo me mostraba lo más natural que podía, como de costumbre. En esto consistia realmente mi trabajo: en acompañar a las personas hacia la muerte. Yo me reunía con los indicados en ese sofá y les daba conversación hasta que sus cuerpos se desvanecían. El estar a mi lado les causaba un efecto anestésico que se incrementaba proporcionalmente para al fin provocar una muerte lenta y asfixiante. Pero debemos de tener en cuenta que en estas circunstancias ninguna de las personas que yo trataba eran conscientes de lo que les estaba ocurriendo ni tenían la capacidad de planteárselo. Estas capacidades ya no existían para ellos. 

Al fin y al cabo, los resquicios de conciencia se desvanecían en mi con la misma rapidez.

Tener sueños de auto-tortura hace dudar de mi cordura

Realmente no se de que recóndita parte abandonada de mi cerebro provienen esas ideas descabelladas y sangrientas. No me gusta la sangre. Cuando veo una concentración suficiente de ella me entra flojera en las piernas y me mareo. Pero en los sueños es diferente. Como me pasó a mí anoche.

Anoche recurrí a un tipo grandote y barbudo que tenía lo que parecía ser una tienda de tatuajes y todo tipo de perforaciones en general. No recuerdo muy bien lo que elegí porque al parecer quería sorprender e ir a la moda. Yo nunca permitiría lo que viene a continuación. Ni tan sólo sigo las modas…pero en el sueño sí. Lo que yo me hice entonces era algo así llamado como “dilataciones dentales”. Sin pensarlo dos veces entré en la sala y dejé al hombre actuar a su antojo. Lo que me vi al salir era una tortura nazi. Llevaba una especie de ortodoncia fija a los dientes que se complementaba con unas gomas elásticas que se cruzaban de forma aleatoria entre mis dientes y los presionaba de forma atroz. En lugar de mis muelas ahora había una serie de trocitos de alambre clavados en mis encías. Me dolía y lo veía normal, como quien se hace un tatuaje o un piercing.

A continuación el hombre sacó de una caja metálica unos clavos en forma de “L” añadiendo: “Es normal que duela un poco, pero te acostumbrarás”. Eso mismo pensaba yo. En mi interior algo sabía que iba a sufrir y al mismo tiempo me motivaba a hacerlo. Me los clavó de uno en uno en mis encías, entre la profundidad de los dientes y yo sólo me sorprendía de que hubiera tanto espacio en mi boca para ellos. Los clavos sobresalían unos 15 centímetros, con lo que tuve varios problemas al chocarme con personas por la calle. El golpe era algo parecido a un puñetazo en los morros con un clavo en cada nudillo.

Las encías me sangraban sin cesar hasta que decidí arrancarme los clavos frente al espejo. No podía más. Me daba igual el resultado esperado porque llegados a ese punto ni si quiera sabía que esperaba ver. Me sentía perdida. El alivio fue inmediato, pero aún llevaba esa estructura metálica en la boca que no me dejaba hablar ni tragar saliva. No quería sufrir más porque me iba de viaje, así que acudí a la tienda dónde me realizaron esa atrocidad. El hombre me dijo que no podía quitármelo todavía porque aún no había cicatrizado y era peligroso. Así que tuve que aguantar todo el trayecto en barco conformándome con infinitas visitas al baño para enjugarme la sangre que manaba de mis encías. Parecía que cada diente estuviera rodeado por una cuerda atada al mango de una puerta que se cerraba continuamente. Al cabo de un par de días (o de unas horas, o de una escena a otra del sueño) volví a examinarme la boca en el espejo, como de costumbre. Lo que vi entonces….recordáis a Sloth, de los Goonies? Pues tenía la boca cómo él, sólo que rodeada de alambres que la condenaban a seguir deformándose hasta que no quedara absolutamente nada de lo que podemos llamar boca. Entonces me desperté pasando cuidadosamente mi lengua sobre mis dientes…

SUEÑOS