Conocer

PERSONAS

Conocer a personas es una de las tareas que más costosamente desarrollo a lo largo de mis jornadas.

El contacto visual es lo primero y lo último en la mayoría de los casos. Hay miradas redondas, con túneles oscuros que se entrecruzan tras los ojos, y que, la mayoría de las veces, contienen puertas protectoras. Las he visto de madera vieja y usada, llenas de astillas y con un agujero como cerrojo; barnizadas ribeteadas en oro; herméticas y frívolas entradas a búnkeres que esconden coloridas novedades; simples verjas preventivas de materiales oxidados y hasta persianas que molestan a los oídos de la presente externa oyente, (cuando se abren de repente), sin ser avisada o ni tan solo interesada.

Las miradas planas tienen un efecto de rebote sobre mi persona. Están formadas por una capa tan gruesa y homogénea que no incitan a la búsqueda de lo que no se puede encontrar. Son miradas sin forma, que tanto pueden ser temporales como vitalicias. Este es un punto que me lleva usualmente a la confusión. Las miradas planas temporales son las más interesantes porque en cualquier momento puedes ser partícipe de la metamorfosis tan esperada. A veces, transcurren horas hasta que los pétalos se abren del todo. En otras, el portador siente algo más parecido a un ataque visionario de una obviedad omnipresente y el oyente puede captar al detalle como crece una forma concreta en sus pupilas.

Las miradas cuadradas no me parecen realmente interesantes, pero resultan efectivas en circunstancias de lógica o muerte. Son fáciles de reconocer cuando el portador observa algo en concreto. Una especie de transparencia en forma de prismático cubre sus pupilas y le obliga a observarlo todo desde el mismo ángulo.

Es una lástima que la mayoría de las personas que vemos en este mundo sean simples instantáneas que se cruzan en el camino, y que la otra mayoría ni si quiera lo llegará a ser nunca.

Miradas cuadradas, redondas, planas, al mismo tiempo, se combinan para imaginar tus ojos.

Ojos

Maria Turculeta

PERSONAS

Maria Turculeta estaba pasando la hora entre las cuatro y las cinco de la tarde como de costumbre: sentada en su silla pensando en todo lo que le quedaba por hacer durante la jornada. Pero ese día ya había terminado todas las tareas. Su marido estaba de viaje de negocios y no volvería hasta el día siguiente por la noche. En cuanto Maria Turculeta aceptó que su día había sido completado a una hora tan temprana, por un momento sintió que moría de un ataque de incertidumbre. Y también sintió como toda la basura espacial le atacaba salvajemente en forma de pensamientos propios.

 Si no pienso qué importa. Y si pienso, ¿a quién le importa?

 Se dio cuenta de que conseguir vivir un sueño no tiene porqué incluir la felicidad. Una casa bonita y un marido detallista. Y no pedía más. Fue tan fácil…

 Que tenga nubes de miel en la cabeza no significa que conozca el sabor de la dulzura.

 Maria Turculeta se quedó en blanco durante largo rato. ¡Qué difícil es pensar! ¡Como te envidio, plantita sin nombre!- exclamó.

Maria Turculeta - 1

IMG_1083-2IMG_1084-2

IMG_1086-3

MI TRABAJO CONSISTE EN PENSAR

PERSONAS

I. Llevo diez años, siete meses y veintiún días trabajando para los nazis.

Mientras colocaba de forma instintiva aquellos diminutos tapones de crema encima de su respectivo producto no paraba de pensar en su presente. En realidad, no podía determinar que era lo que más le preocupaba: si el presente, su hermano gemelo pasado o el futuro que le deparaba en aquella odiosa fábrica. Entonces tuvo un déjà vu, o algo parecido. Ocurrió al ser consciente del ligero toquecito que le daba al tapón una vez colocado encima del bote de crema, su lugar. Aquél ritual era igual o más importante que cualquier tipo de TOC que pudiera padecer cualquier persona diagnosticada de tal. Entonces volvió a aparecer la neblina del pasado y sin darse cuenta se trasladó a su primer día de trabajo, exactamente hacía diez años, siete meses y veintiún días.

«Lo primero que pensé al sentarme delante de aquella máquina es que se me cansarían los brazos enseguida porque nunca había sido de aquél tipo de personas que hacía ejercicio o practicaba algún deporte. Además, carecía de sentido del ritmo y el torno giraba siempre a un calculado y preciso compás y yo debía seguirlo sí o sí. Y la verdad, es que el primer día me veía totalmente incapaz. Seguí pensando aquello hasta que la máquina hizo un estruendo y un chorro de crema blanca salió disparada casi conscientemente hacia la cara de la chica de enfrente.»

 – ¡Siempre me tiene que manchar a mi! ¡Mira que guarra llevo la bata! – exclamó la chica manchada, medio enfadada medio decepcionada, dirigiéndose a una joven risueña que se encontraba a su lado.

«Llamaron al de mantenimiento y entonces aproveché para ir a beber agua. No nos dejaban tener botellas de agua en el puesto de trabajo. Debíamos pedir permiso para beber de una fuente que habían instalado al lado del vestuario. Aquellos tragos de agua eran lo mejor que me había pasado en toda la mañana. Entonces alcé la vista y vi un reloj colgado en la pared. Señalaba las 8:10. Repetí la acción varias veces para asegurarme de que no estaba lo suficientemente dormida y en efectivo, habían pasado dos horas y diez minutos y me habían parecido veinte minutos como mucho. Una especie de adrenalina recorrió todo mi cuerpo en sentido ascendente. Al llegar a mi cabeza me obligó a esbozar una sonrisa.»

Seguramente el recuerdo de aquella sonrisa la abstrajo del mundo un buen rato porque su despertar fue de aquellos en que mucho tiene que ver el agua fría. Sus compañeras estaban alarmadas y no tardó en darse cuenta de que la máquina se había atascado y, evidentemente, por su culpa. Se habían acumulado casi veinte botes sin tapón entre el torno y la rampa que los conducía hacia las cajas. Algunos de ellos se habían derramado y otros saltaban por los aires como palomitas recién hechas. Tardó alrededor de medio minuto en controlar totalmente sus extremidades. Entonces la chica que hacía diez años se había manchado de crema apagó la máquina y sin decir nada, entre las dos, recogieron los botes esparcidos por el suelo. A continuación volvió a encender la máquina y la situación retrocedía justo al momento previo al accidente.

Y un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce huecos giraban indefinidamente al ritmo del torno. La frialdad o quizás la automaticidad de aquellos movimientos le recordaban cada vez más al holocausto nazi. Los botes de crema eran judíos que habían sido engañados para ir a un lugar mejor. El torno era el medio de transporte, promocionado como una innovación de calidad, en la que cada pasajero dispondría de asiento individual y atención personalizada. Incluso les habían prometido un caldo casero para cenar. La máquina funcionaba de forma automática así que objetivamente no se podía acusar a nadie de asesino. Las dos operarias de cadena de montaje eran ahora unas cuidadosas acomodadoras. La primera de ellas les asignaba un asiento correlativo a cada uno. Entonces pasaban progresivamente por la segunda chica que les obsequiaba con un gorro insonorizado para que el ruido de la veloz innovación no perturbara sus sueños. Poco después, ya a cargo de la máquina, una especie de machete presionaría ligeramente el gorro para adaptarlo a su fisonomía, tardando los judíos varios segundos en darse cuenta de que les habían dejado sin oxígeno. Algunos pasajeros, que no acababan de estar cómodos en aquél transporte, se mantenían despiertos y atentos al proceso. Entonces, en la parte final, si eran lo suficientemente agudos, disponían de dos segundos para darse cuenta de que su precedente compañero iba a morir en el acto. En ese instante ya no podían hacer nada porque también se estaban ahogando. Pero como nadie les iba a ir a recibir a la estación, los casos se archivaban como desapariciones (si algún día fueron casos).

«¿De esta manera han transcurrido más de diez años?» Se preguntaba continuamente. Se sentía como una niña de siete años imaginando en la realidad los personajes de sus primeros libros de fantasía. «No he cambiado nada. No he cambiado en estos diez años ni en los diez anteriores ni quizá en ninguna de mis tres décadas.»

Pero no era verdad. Todo aquéllo eran mentiras piadosas que le hacían preocuparse pero a la vez enorgullecerse de aquella forma de pensar. Ella había cambiado mucho pero todavía no era consciente de la magnitud de su metamorfosis. De lo que si era consciente era de que podía dividir su vida en dos etapas. Hasta los veinte estudiaba y desde los veinte trabajaba. Trabajaba en aquella gigantesca caja metálica dónde cualquiera juraría que el objetivo grupal era hacer el mayor ruido posible. «Llevo diez años, siete meses y veintiún días trabajando para los nazis.» Razonar de esta manera le ayudaba a sentirse serena. No porque compartiera ningún tipo de ideología o complicidad con ellos, ni mucho menos. Simplemente aquella dosis de ficción diaria le ayudaba a mantenerse al margen de la depresión. 

Fermín

PERSONAS

Ff-fef-fer-ferm-ín! Decía cuando le preguntaban su nombre. A la vez que esparcía partículas de saliva sobre su interlocutor. Fermín decía que era un hombre de tics. Esa era su frase para caer bien. Aunque en realidad siempre le hubiera gustado escuchar aquello de: es un hombre de negocios, o, es un hombre de mundo. Pero debía conformarse con lo propio. Nunca podría disfrutar una emoción por completo por esa razón: sus innumerables tics. La pertenencia de su propio cuerpo le hacía conocedor de lo que llamaban “desorden de tic motor crónico” y esto incluía diversos movimientos bruscos e inesperados de sus extremidades, parpadeo y gesticulación excesivos y algún que otro sonido involuntario que ya comentaremos.

Si sus pupilas fueran los ejes de sus ojos, la izquierda se situaría a -3X del centro, y la derecha a 1X, 1Y. Dicho de otra manera, tenía un estrabismo destacable. Cuando se ponía tenso tenía la manía de forzar sus glóbulos hacia arriba, con la intención (realmente no es su intención) de darles la vuelta hacia atrás. Siempre agradeció que por lo menos no se le diera bien colocar los ojos en blanco, así solía disimular delante de las chichas haciendo que miraba al cielo. Incluso hacía un comentario automático del tiempo en ese instante. Claro que, eso sólo lo engañaba a él.

Muchos pensaban que Fermín había heredado los males del mundo y le trataban como a un discapacitado. En realidad no lo era, ni tampoco era especialmente tonto. Pero siendo realistas, tampoco sabía nada que cualquiera no pudiera saber.

Odiaba tremendamente que le dijeran que algún día encontraría el amor, porque todos sabemos que hay personas que, predestinadas o no, morirán solas. Y Fermín era una de esas personas. Lo tenía muy asumido, igual que el hecho de ser el tonto del pueblo de por vida y de que nunca tendría el suficiente valor como para suicidarse.

Su primer mote fue Feormín, creado el Martes 25 de Septiembre de 1962, en el colegio católico del Casco Antiguo, el mismo día en que Fermín cumplía cinco años y la riera de Rubí provocó aquella catástrofe. No era un mote muy elaborado pero sí de mofa fácil. Al principio disimulaban diciendo: “Feooooooormín!” Y negaban decir feo. Pero a medida que el mote se iba desgastando Fermín se dio cuenta del juego de palabras. Se podría decir que era el marginado de la clase, todavía más abucheado que el gordo, Ricardo, el único y mejor amigo de Fermín desde entonces y hasta hace un par de meses, cuando murió. Pero de eso ya hablaremos más adelante.

La cuestión es que Fermín, vistas las expectativas, decidió hacerse el tonto del pueblo. Su plan se inició el Octubre pasado y el primer paso era frecuentar el “Bar Turbio”, dónde los cuatro borrachos de cada noche, invitaban a Fermín a cervezas para mofarse posteriormente de su borrachera. Pero Fermín por lo menos bebía gratis.

Mujer infeliz. O cómo nos aferramos a las creencias cotidianas. 

¿A esto es a lo que se refieren con lo de media naranja? ¿La parte que nos falta? ¿O no es quizás la parte que no nos hace falta? Al juntar las naranjas sólo hemos conseguido una vida desdichada y odiosa. Penosa en realidad, porque estamos tan aferrados al significado de lo que somos que no podríamos tener el valor de desechar lo que sobra. Años y años exprimiendo hasta la última gota de jugo vital. Convirtiéndonos en dos cáscaras vacías que discuten continuamente por situarse en polos opuestos.

Escuchar cada día las mismas ideas que nunca he soportado, los chistes malos y sobretodo, los piropos con buena intención pero de efecto denigrante sobre mi consciencia. Y lo peor, lo peor de todo, es que sólo pienso esto de vez en cuando. Tras desahogarme le llevaré el café al sofá y me sentaré a su lado con una sonrisa no demasiado falsa y entonces apoyaré mi cabeza sobre su pecho, esperando a que mi cáscara se pudra por sí sola.

Una mujer infeliz.

PERSONAS