Conocer

PERSONAS

Conocer a personas es una de las tareas que más costosamente desarrollo a lo largo de mis jornadas.

El contacto visual es lo primero y lo último en la mayoría de los casos. Hay miradas redondas, con túneles oscuros que se entrecruzan tras los ojos, y que, la mayoría de las veces, contienen puertas protectoras. Las he visto de madera vieja y usada, llenas de astillas y con un agujero como cerrojo; barnizadas ribeteadas en oro; herméticas y frívolas entradas a búnkeres que esconden coloridas novedades; simples verjas preventivas de materiales oxidados y hasta persianas que molestan a los oídos de la presente externa oyente, (cuando se abren de repente), sin ser avisada o ni tan solo interesada.

Las miradas planas tienen un efecto de rebote sobre mi persona. Están formadas por una capa tan gruesa y homogénea que no incitan a la búsqueda de lo que no se puede encontrar. Son miradas sin forma, que tanto pueden ser temporales como vitalicias. Este es un punto que me lleva usualmente a la confusión. Las miradas planas temporales son las más interesantes porque en cualquier momento puedes ser partícipe de la metamorfosis tan esperada. A veces, transcurren horas hasta que los pétalos se abren del todo. En otras, el portador siente algo más parecido a un ataque visionario de una obviedad omnipresente y el oyente puede captar al detalle como crece una forma concreta en sus pupilas.

Las miradas cuadradas no me parecen realmente interesantes, pero resultan efectivas en circunstancias de lógica o muerte. Son fáciles de reconocer cuando el portador observa algo en concreto. Una especie de transparencia en forma de prismático cubre sus pupilas y le obliga a observarlo todo desde el mismo ángulo.

Es una lástima que la mayoría de las personas que vemos en este mundo sean simples instantáneas que se cruzan en el camino, y que la otra mayoría ni si quiera lo llegará a ser nunca.

Miradas cuadradas, redondas, planas, al mismo tiempo, se combinan para imaginar tus ojos.

Ojos

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No amaremos – We won’t love

REALIDAD APLICADA

Hagámoslo así. No daremos pie a que nuestros sueños se mezclen con la realidad. Es más, ignoraremos que soñamos. Paralizaremos el deseo de nuestros labios hasta que el aire se rompa. Controlaremos los impulsos, desaprenderemos a mirarnos y forzaremos una postura para mantenernos siempre fieles a nuestra mentira. Así no habrá dolor.

Let’s do it in that way. We won’t allow to mix our dreams with the reality. Moreover, we will ignore we dream. We will petrify the desire of our lips until break the air. We will keep in control our impulses, we will unlearn how to look each other and we will force a position to keep us ever faithful to our lie. So there will no pain. 

 

Maria Turculeta

PERSONAS

Maria Turculeta estaba pasando la hora entre las cuatro y las cinco de la tarde como de costumbre: sentada en su silla pensando en todo lo que le quedaba por hacer durante la jornada. Pero ese día ya había terminado todas las tareas. Su marido estaba de viaje de negocios y no volvería hasta el día siguiente por la noche. En cuanto Maria Turculeta aceptó que su día había sido completado a una hora tan temprana, por un momento sintió que moría de un ataque de incertidumbre. Y también sintió como toda la basura espacial le atacaba salvajemente en forma de pensamientos propios.

 Si no pienso qué importa. Y si pienso, ¿a quién le importa?

 Se dio cuenta de que conseguir vivir un sueño no tiene porqué incluir la felicidad. Una casa bonita y un marido detallista. Y no pedía más. Fue tan fácil…

 Que tenga nubes de miel en la cabeza no significa que conozca el sabor de la dulzura.

 Maria Turculeta se quedó en blanco durante largo rato. ¡Qué difícil es pensar! ¡Como te envidio, plantita sin nombre!- exclamó.

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Otra vez

REALIDAD APLICADA

Y entonces hizo con su lengua lo que años atrás consiguió hacer un dentista con la ayuda de un gran alicate y varias venas hinchadas. El mismo dolor, el mismo movimiento en tres puntos. Uno o dos segundos y veinte más de intenso dolor. La muela se deslizó sobre la lengua y las papilas detectaron el sabor a sangre que tanto añoraban. Se mordió el labio para volver a sentir esa sensación, deslizó la lengua entre sus muelas y voilà, otra vez lo consiguió.

Piratas del siglo XXI

REALIDAD APLICADA

Mathias, Marco, Tuff, Tatú, Pierre y Nicolai se pueden considerar amigos, compañeros y familia después de todo. Se fueron conociendo durante los años del último lustro a medida que iban llegando a la casa. Sólo uno de ellos, Tatú,  recuerda como conoció a los demás. Y no se debe a la memoria que poco a poco fueron desadquiriendo por sus hábitos de vida, sino porque Tatú fue el último de los seis en cruzar las puertas de la Casserne. Todos recuerdan su primer día en la casa pero nadie es capaz de recordar el primer día de los demás. Este tipo de detalles se percibe rápidamente. Todos ellos lo hicieron y por eso aceptaron seguir viviendo allí. Otras personas huyeron por diversos aspectos: incomodidad por su forma de vida, inadaptación por causas contrarias a su forma de vida o simplemente depresión traumática.

El 20 de Julio de aquél año los seis supervivientes se quedaron sin casa. Aquello que habían cultivado durante el último lustro se perdería en el olvido. De todas las personas que han vivido en esa casa, ni incluso las más lúcidas se atreverían a apostar un número aproximado de las paredes que la conformaban. Ni si quiera nadie había conseguido recorrer cada rincón del que en un periodo determinado de su vida había considerado hogar. Aquél peculiar lugar ahora sigue igual que cuando lo visité, pero sin la gente nada tiene sentido. Intento volver a entrar y solo veo el recuerdo latente de los resquicios de ketamina en las habitaciones, la basura acumulada en los rincones, los restos de comida creando nuevos ecosistemas, las botellas de cristal y el caos que en el algún momento concreto fue creado por consenso. Todo aquello estuvo y sigue estando allí pero los seis supervivientes estarán, en pocas horas, a bordo de un barco velero que les conducirá a través del Mediterráneo. Ese era su sueño, el sueño que les abrió los ojos en el mismo momento en que Tatú les visitó con la borrachera más grande de su vida y les prometió uno de sus barcos por haberle acogido como a un hermano. En ese momento se sintieron mal por no haber sido muy afables con él, aunque al fin y al cabo eso no importaba si él no se acordaba.

En total viajarían seis hombres, un perro y un gato. Ocho cuerpos que nunca antes habían navegado sobre las olas. El equipaje lo decidieron entre todos en la fiesta de despedida, que por supuesto se celebró en la casa. Se llevarían comida en conserva, legumbres y pasta, aceite, cervezas, vino, whisky, ron, ketamina y cocaína. A parte cada uno llevaría su mochila con lo que creyera conveniente. Mathias preparó su equipaje la mañana antes de salir. Sólo tuvo que hacer una bola con la ropa que llevaba más de un año amontonada en una esquina de su habitación. También cogió las gafas de sol y los instrumentos para hacer ganchillo. Pero por supuesto no podía acudir en un día tan importante sin su vestido de lunares rojos. Consideraba ese vestido lo más cómodo del mundo y si alguien le preguntaba que porqué lo llevaba le obligaba a ponerse uno al día siguiente. Lo más curioso es que una vez que un hombre se calza un vestido, no quiere volver a usar pantalones. Y sino que le pregunten a Marco, que esa mañana, como día especial que era, también se mudó con su mejor vestido (en este caso de flores). Tuf llenó su mochila con la bibliografía de Castaneda y Pierre era tan cínico que no pensaba llevar equipaje para lo que consideraba una muerte segura. Nicolai tampoco necesitaba mucho, su gorra le bastó para estar preparado. Aunque Nicolai es de esas personas que después de ver el equipaje de los demás, siempre quiere lo que los otros llevan.

Tenían un plan. Partirían desde Marseille dirección a las Islas Baleares. Y después, ya verían. Sólo de imaginarse a sí mismos a bordo del barco los heroes de la infancia volvían a florecer en su interior y el cuerpo se les quedaba pequeño para tanto ego. No se habían sentido tan orgullosos de si mismos desde que abrieron las puertas de la Casserne. Desde entonces cada día había sido igual de insípido en ese aspecto. Ahora tenían incluso ganas de llamar a sus familiares y contarles su gran plan. O quizás demostrarse a sí mismos que no son todo aquello que sus respectivos piensan de ellos.

Vacuidad

REALIDAD APLICADA

Ella quiso abstenerse, sólo por unos instantes, del estrés que le deparaban las próximas horas. Comió una galleta de mantequilla, se hidrató con agua del grifo y se dispuso a fumar algo fuerte. Observaba el mobiliario de su habitación con la misma sensación de vacuidad de siempre. Nunca había movido nada de sitio desde que se instaló. En realidad, la mayoría de las cosas ya estuvieron allí antes que ella y probablemente seguirían después. ¿Todas las personas que han estado o estarán aquí han sentido o sentirán esta sensación de vacuidad? Se preguntaba a sí misma simplemente por parecer un poco más profunda en la superficie.

Una vez vio su habitación de forma diferente. Ese día pudo percatarse de la gran variedad de colores que coexistían camuflados entre los muebles de su habitación.“Cuando los materiales de los objetos se reducen a simples colores planos que se derriten, esparcen y mezclan a través de las capas que nos separan y unen a la vez con ellos”. Entonces no estaba exactamente en esta habitación. Su mente estaba en otra habitación creada a partir de la que ya conocía; sólo la esencia de los colores podría ayudarla a orientarse. Pero las posiciones de los objetos (o de la materia en general), las distancias entre tales, los movimientos y el tiempo eran bastante distintos. Incluso se habían creado sonidos para ambientar el sueño y la materia se regía por unas leyes arbitrarias que les otorgaba libertad de movimiento entre las capas de textura que la separaban del horizonte.

Recordó el ejército de triángulos amarillos, los personajes repetidos en patrones constantes y el sabor a goma quemada en la boca. Entonces decidió irse a dormir para evitar volver al vacío.

MI TRABAJO CONSISTE EN PENSAR

PERSONAS

I. Llevo diez años, siete meses y veintiún días trabajando para los nazis.

Mientras colocaba de forma instintiva aquellos diminutos tapones de crema encima de su respectivo producto no paraba de pensar en su presente. En realidad, no podía determinar que era lo que más le preocupaba: si el presente, su hermano gemelo pasado o el futuro que le deparaba en aquella odiosa fábrica. Entonces tuvo un déjà vu, o algo parecido. Ocurrió al ser consciente del ligero toquecito que le daba al tapón una vez colocado encima del bote de crema, su lugar. Aquél ritual era igual o más importante que cualquier tipo de TOC que pudiera padecer cualquier persona diagnosticada de tal. Entonces volvió a aparecer la neblina del pasado y sin darse cuenta se trasladó a su primer día de trabajo, exactamente hacía diez años, siete meses y veintiún días.

«Lo primero que pensé al sentarme delante de aquella máquina es que se me cansarían los brazos enseguida porque nunca había sido de aquél tipo de personas que hacía ejercicio o practicaba algún deporte. Además, carecía de sentido del ritmo y el torno giraba siempre a un calculado y preciso compás y yo debía seguirlo sí o sí. Y la verdad, es que el primer día me veía totalmente incapaz. Seguí pensando aquello hasta que la máquina hizo un estruendo y un chorro de crema blanca salió disparada casi conscientemente hacia la cara de la chica de enfrente.»

 – ¡Siempre me tiene que manchar a mi! ¡Mira que guarra llevo la bata! – exclamó la chica manchada, medio enfadada medio decepcionada, dirigiéndose a una joven risueña que se encontraba a su lado.

«Llamaron al de mantenimiento y entonces aproveché para ir a beber agua. No nos dejaban tener botellas de agua en el puesto de trabajo. Debíamos pedir permiso para beber de una fuente que habían instalado al lado del vestuario. Aquellos tragos de agua eran lo mejor que me había pasado en toda la mañana. Entonces alcé la vista y vi un reloj colgado en la pared. Señalaba las 8:10. Repetí la acción varias veces para asegurarme de que no estaba lo suficientemente dormida y en efectivo, habían pasado dos horas y diez minutos y me habían parecido veinte minutos como mucho. Una especie de adrenalina recorrió todo mi cuerpo en sentido ascendente. Al llegar a mi cabeza me obligó a esbozar una sonrisa.»

Seguramente el recuerdo de aquella sonrisa la abstrajo del mundo un buen rato porque su despertar fue de aquellos en que mucho tiene que ver el agua fría. Sus compañeras estaban alarmadas y no tardó en darse cuenta de que la máquina se había atascado y, evidentemente, por su culpa. Se habían acumulado casi veinte botes sin tapón entre el torno y la rampa que los conducía hacia las cajas. Algunos de ellos se habían derramado y otros saltaban por los aires como palomitas recién hechas. Tardó alrededor de medio minuto en controlar totalmente sus extremidades. Entonces la chica que hacía diez años se había manchado de crema apagó la máquina y sin decir nada, entre las dos, recogieron los botes esparcidos por el suelo. A continuación volvió a encender la máquina y la situación retrocedía justo al momento previo al accidente.

Y un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce huecos giraban indefinidamente al ritmo del torno. La frialdad o quizás la automaticidad de aquellos movimientos le recordaban cada vez más al holocausto nazi. Los botes de crema eran judíos que habían sido engañados para ir a un lugar mejor. El torno era el medio de transporte, promocionado como una innovación de calidad, en la que cada pasajero dispondría de asiento individual y atención personalizada. Incluso les habían prometido un caldo casero para cenar. La máquina funcionaba de forma automática así que objetivamente no se podía acusar a nadie de asesino. Las dos operarias de cadena de montaje eran ahora unas cuidadosas acomodadoras. La primera de ellas les asignaba un asiento correlativo a cada uno. Entonces pasaban progresivamente por la segunda chica que les obsequiaba con un gorro insonorizado para que el ruido de la veloz innovación no perturbara sus sueños. Poco después, ya a cargo de la máquina, una especie de machete presionaría ligeramente el gorro para adaptarlo a su fisonomía, tardando los judíos varios segundos en darse cuenta de que les habían dejado sin oxígeno. Algunos pasajeros, que no acababan de estar cómodos en aquél transporte, se mantenían despiertos y atentos al proceso. Entonces, en la parte final, si eran lo suficientemente agudos, disponían de dos segundos para darse cuenta de que su precedente compañero iba a morir en el acto. En ese instante ya no podían hacer nada porque también se estaban ahogando. Pero como nadie les iba a ir a recibir a la estación, los casos se archivaban como desapariciones (si algún día fueron casos).

«¿De esta manera han transcurrido más de diez años?» Se preguntaba continuamente. Se sentía como una niña de siete años imaginando en la realidad los personajes de sus primeros libros de fantasía. «No he cambiado nada. No he cambiado en estos diez años ni en los diez anteriores ni quizá en ninguna de mis tres décadas.»

Pero no era verdad. Todo aquéllo eran mentiras piadosas que le hacían preocuparse pero a la vez enorgullecerse de aquella forma de pensar. Ella había cambiado mucho pero todavía no era consciente de la magnitud de su metamorfosis. De lo que si era consciente era de que podía dividir su vida en dos etapas. Hasta los veinte estudiaba y desde los veinte trabajaba. Trabajaba en aquella gigantesca caja metálica dónde cualquiera juraría que el objetivo grupal era hacer el mayor ruido posible. «Llevo diez años, siete meses y veintiún días trabajando para los nazis.» Razonar de esta manera le ayudaba a sentirse serena. No porque compartiera ningún tipo de ideología o complicidad con ellos, ni mucho menos. Simplemente aquella dosis de ficción diaria le ayudaba a mantenerse al margen de la depresión. 

“El hombre del bosque”

SUEÑOS

El miedo estaba presente en mi mente y en mi piel. Hasta que aparecí en aquél bosque. Recuerdo a la perfección el hombre del bosque. Me crucé con él un 29 de Febrero a la hora en que los rayos de sol todavía filtran entre las hojas y el color verde se disfraza de amarillo. Por un momento, creí que todo se trataba de un sueño. Un hombre con esos pantalones, chaleco, camisa y sable al cinturón no podía ser real, no era de nuestra época. Pero en el momento en que levantó la mirada olvidé mi reflexión. Sus ojos decían que tenía un objetivo definido pero que a la vez no quería cumplirlo. No caminaba despacio pero puedo recordar cada una de mis impresiones como si la secuencia se hubiera repetido continuamente. Me dio pena, confianza, curiosidad, desconcierto y por último valentía. Pero en ningún momento miedo.

“El custodiador y mi trabajo”

SUEÑOS

Por entonces, estas palabras estaban grabadas con fuego en mi mente, hasta el punto de rozar la franja de pérdida de significado. Cómo si fueran lo único que yo debiera saber. Cómo si fueran lo único que yo sabía. Con esta frase inicial yo ya supe inmediatamente dónde estaba y qué debía hacer.

Me encontraba en una habitación oscura con una única luz que dejaba mostrar el sofá, dónde esperábamos mi acompañante y yo. Todos mis acompañantes iban a morir. Yo lo tenía realmente asumido. Por un lado no tenía alternativa alguna y, por el otro, porque al fin y al cabo era mi trabajo. ¿Qué iba a hacer yo para oponerme a mi trabajo o a mi custodiador? Entonces era imposible, incuestionable. Además, no era un trabajo tan duro. Las víctimas nunca supieron que yo tuve algo o casi todo que ver con su tragedia y este argumento me debía consolar desde hacía bastante tiempo. 

Llevaba un rato hablando con aquél hombre de mediana edad. Por entonces su cuerpo empezaba a debilitarse y yo me mostraba lo más natural que podía, como de costumbre. En esto consistia realmente mi trabajo: en acompañar a las personas hacia la muerte. Yo me reunía con los indicados en ese sofá y les daba conversación hasta que sus cuerpos se desvanecían. El estar a mi lado les causaba un efecto anestésico que se incrementaba proporcionalmente para al fin provocar una muerte lenta y asfixiante. Pero debemos de tener en cuenta que en estas circunstancias ninguna de las personas que yo trataba eran conscientes de lo que les estaba ocurriendo ni tenían la capacidad de planteárselo. Estas capacidades ya no existían para ellos. 

Al fin y al cabo, los resquicios de conciencia se desvanecían en mi con la misma rapidez.

Alicia en el país de las maravillas

O más bien el síndrome de Alicia en el país de las maravillas, o la micropsia. En cualquier caso, un transtorno de la percepción visual producida por el cerebro y no por el ojo, que se suele asociar a la migraña. Hasta que se presentó un caso diferente:

“Un día vi que mi padre se hacía tan pequeño como un muñeco” 

Los pacientes que sufren este síndrome perciben alteraciones en la forma, tamaño y situación espacial de los objetos, así como distorsión de la imagen corporal y del transcurso del tiempo. También se han asociado otras ilusiones visuales como palinopsia (imágenes múltiples), acromatopsia(no percepción del color) y prosopagnosia (incapacidad de reconocer caras).

O algo parecido a los efectos de una conocida droga llamada LSD.

Lo que yo me pregunto, y muchos ya se han preguntado antes, es si la supuesta distorsión creativa de Lewis Carroll no es más que una realidad aplicada. Probablemente modificada. O algo parecido a tener un sueño lúcido en la realidad. Se les llaman sueños lúcidos a aquellos en que el soñador es consciente de que todo se trata de un sueño, que no es real. Pero el hecho de no hablar del estado subconsciente del sueño, de ocurrir esto mismo en el mismo mundo tangible que todos consideramos real, me hace admirar a estas personas. Personas que tienen una visión más cercana o lejana, pero en todo caso diferente y por lo tanto cuestionable, desde mi punto de vista, en el sentido contrario al que se suele asociar.

Y por si a alguien le interesa el mundo del LSD, este documental es realmente recomendable:

“Dentro del LSD”

REALIDAD APLICADA