El arte o la maldición de perderse en el tiempo

Dublin

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Hace media hora me he obligado a no volver a cerrar los ojos. Mis mañanas siempre empiezan con la misma consecución de imperativos (las mías y las de la mayoría de los mortales):

6:30 – Demasiado pronto, duérmete…tranquila, tienes tiempo.
9:00 – Ya podrías levantarte…bueno, total…¿para qué? Luego tendrás sueño a la noche. Duerme un poco más.
9:30 – ¿Porqué ahora tienes más sueño que antes? Mierda, se que odias levantarte con sueño, no lo harás ahora pero te doy media hora como mucho, puta perezosa.
11:30 – ¡Te advertí! ¡Ahora jódete! No te hagas ilusiones porque la mañana pasará como un suspiro y no vas a hacer nada de provecho.

A veces este hecho me presiona durante todo el día y las horas me atacan y me asfixian bajo una almohada dónde algún día quizás pierda el sentido. Realmente me siento como un trozo de mierda a la que un pneumático ha decidido convertir en otra capa innecesaria sobre el asfalto, adherida y esparcida sobre la nada.

Pero hoy es diferente. El vacío decidió viajar sin billete de vuelta. Tengo la sensación de que no soy consciente del tiempo que pierdo aquí porque hasta que no llegue allí no dejaré de sentir este hondo agujero que me ha dejado el irme. Porque ya me he ido. Me fui hace un par de días o tres, sino creo recordar mal. La nostalgia, siempre tan elegante y gris, tiene esa capacidad camaleónica de aparecer sin ser llamada y estar presente sin ser asimilada.

Me siento en un sofá del comedor y me veo reflejada en todas las caras que estuvieron y ya se fueron. Entre ellas estoy yo, a lo lejos, en un sofá vacío. Los que todavía estan ya se convirtieron en recuerdos y lo sé porque sus cuerpos se van destiñiendo y volviendo traslúcidos a través de mis ojos. Siento lo que sentiré cuando este allí y espero allí sentir que todavía estoy aquí.

A la orilla del Liffey

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Si son de esas personas coincidirán conmigo en que el hipnotismo del mar es adictivo. Aunque no me enorgullezca de lo que digo, los vicios son esos pequeños detalles que me gusta cuidar. Creo que algo en lo que invierto un tiempo constante merece la pena ser mejorado pero poco después, y a regañadientes, acepto que todos los vicios siguen una rutina y que la rutina es el peor de ellos.

Me siento lo suficientemente cerca del agua como para sentir que alguien me abraza, cierro los ojos y dejo que las olas rompan libremente contra mis tímpanos. Me pregunto varias veces porqué será tan placentero un sonido tan monótono y me corroboro a mí misma que el paraíso huele a sal. Creo que no temo a la muerte desde que alguien escribió que morir era como perdese en la orilla. Pero desde entonces esa idea también me produce melancolía. A veces, cuando sólo estamos el agua y yo, siento que mi cuerpo se ha quedado fijo ante las olas y que quizás mi mente nunca recuerde irlo a buscar. Otra de esas sensaciones dulces y frías que muchos llaman soledad pero que una persona solitaria siempre considerará la mejor compañía: la tranquilidad.

A falta de drogas siempre hay una orilla. A falta de orilla siempre ha estado el Liffey.

El cielo sangra, dos corazones se queman y la luna observa desde la lejanía.

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El quinto día (o eso creo recordar)

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Después de secarse las lágrimas con su camiseta se dispuso a salir de la habitación. Metió el netbook que tanto odiaba cuando no estaba de vacaciones en la mochila cómoda, junto con su libreta, bolígrafo, tabaco y botella de agua. Después de sonreir falsamente a las interrupciones que se cruzaron en su camino bajó y encontró un sitio tranquilo en la terraza. Eligió la terraza como lugar porque el aire siempre le iba mejor que peor y fumar también, para que nos vamos a engañar. Lo más curioso de la situación es que justo en el momento de colgar la llamada un revoltijo en su estómago le azotó con una verdad eludida hasta el momento. Esa clase de verdad inesperada que se camufla en forma de arcada y que después volvemos a camuflar inconscientemente en forma de enfermedad. Sentía los sentimientos de la gente que pasaba por su lado como propios y los explicaba en primera persona sin ningún tipo de tapujo. En cambio, nunca había sido capaz de explicar de esa forma sus propios sentimientos. Lo peor de todo es que lo estaba haciendo de nuevo.

Dublin (aunque con un poco de retraso)

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Que haya creado un apartado llamado Blog dentro de mi blog no es por aburrimiento o desconocimiento sino que más bien viene motivado por una necesidad de segmentación, que me quiero aplicar a mi misma, para diferenciar la realidad, de la realidad aplicada y la ficción o los sueños.

Llegados a este punto, no hace mucho que aterricé en la realidad, pisando con mis propios pies una tierra húmeda, verde e impredecible. Una tierra rodeada de agua y usualmente atacada por la misma se presenta ante el mundo como la tierra de las oportunidades para unos y la tierra sin salida para otros. El alcohol suele ser el hilo conductor de ambos grupos, y el dinero su motivación.

Todavía estoy en ese punto inicial observador, de voayer, de lluvia de ideas (y nunca mejor dicho). Así que si tuviera que deciros algo sobre Dublín lo encontraríais en éste párrafo: calles que cantan y bailan; vasos de cartón que sacuden monedas; colores verde y ocre; poesía a gritos; chanclas y chubasquero; puentes; sol y parque; vida y bebida; el sonido de abducción de los semáforos; pelirrojos; bigotes masculinos y femeninos; comprar pegatinas para poder tirar la basura; contrabando de tabaco; ciervos y setas; perdón para todo; carnaca; multilingüe; rencor; luas; abuelos que molan; días largos y noches que no son tan noches; historia que quiere ser contada y que algún día espero poder contar a mi manera.