Confesiones

Barcelona

Una vez mi madre me regaló una libreta. Era demasiado bonita y había sido elaborada con una elegancia de la que yo carecía. ¿Pero cómo podía maltratarla con mis tachones y continuos golpes? No, debía estar a salvo. Nadie podía leerla. Porque lo que me prometí aquél día era que sólo la usaría en momentos de delirio, de necesidad máxima, de explosión de emociones incontroladas.

No se trataba de un diario, sino de un lugar donde poder vomitar salvajemente e inmediatamente sentirme y sentarme tranquilamente a su lado, sin preocuparme por los desperdicios o el olor residual. Pero eso me producía temor. “No leeré nada hasta que llegue al final”.- me dije. Y yo a veces me sentía partícipe de un asesinato con un muerto oculto en mi habitación.

Pero todavía puedo ser más exagerada.

Finalmente, un día como hoy, me doy cuenta de que ya ha pasado un año y de que en esa libreta sólo he tenido la valentía de escribir ocho tristes páginas. Pero ocho páginas de las cuales no sabía nada.

Las auto-promesas aleatorias siempre pueden cambiar de rumbo.

Por un momento he deseado una herramienta de conversión entre el temor y la tentación. ¿Cuantos temores forman una tentación? ¿Cuantas tentaciones equivalen a un temor? ¿En una regla de tres, cuantos temores hacen falta para evitar una tentación? ¿En qué momento del día se cruzará el tren de la tentación con el tren del temor?

Por eso no me gustan las matemáticas.

Y me dispuse a leer…

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