Piratas del siglo XXI

REALIDAD APLICADA

Mathias, Marco, Tuff, Tatú, Pierre y Nicolai se pueden considerar amigos, compañeros y familia después de todo. Se fueron conociendo durante los años del último lustro a medida que iban llegando a la casa. Sólo uno de ellos, Tatú,  recuerda como conoció a los demás. Y no se debe a la memoria que poco a poco fueron desadquiriendo por sus hábitos de vida, sino porque Tatú fue el último de los seis en cruzar las puertas de la Casserne. Todos recuerdan su primer día en la casa pero nadie es capaz de recordar el primer día de los demás. Este tipo de detalles se percibe rápidamente. Todos ellos lo hicieron y por eso aceptaron seguir viviendo allí. Otras personas huyeron por diversos aspectos: incomodidad por su forma de vida, inadaptación por causas contrarias a su forma de vida o simplemente depresión traumática.

El 20 de Julio de aquél año los seis supervivientes se quedaron sin casa. Aquello que habían cultivado durante el último lustro se perdería en el olvido. De todas las personas que han vivido en esa casa, ni incluso las más lúcidas se atreverían a apostar un número aproximado de las paredes que la conformaban. Ni si quiera nadie había conseguido recorrer cada rincón del que en un periodo determinado de su vida había considerado hogar. Aquél peculiar lugar ahora sigue igual que cuando lo visité, pero sin la gente nada tiene sentido. Intento volver a entrar y solo veo el recuerdo latente de los resquicios de ketamina en las habitaciones, la basura acumulada en los rincones, los restos de comida creando nuevos ecosistemas, las botellas de cristal y el caos que en el algún momento concreto fue creado por consenso. Todo aquello estuvo y sigue estando allí pero los seis supervivientes estarán, en pocas horas, a bordo de un barco velero que les conducirá a través del Mediterráneo. Ese era su sueño, el sueño que les abrió los ojos en el mismo momento en que Tatú les visitó con la borrachera más grande de su vida y les prometió uno de sus barcos por haberle acogido como a un hermano. En ese momento se sintieron mal por no haber sido muy afables con él, aunque al fin y al cabo eso no importaba si él no se acordaba.

En total viajarían seis hombres, un perro y un gato. Ocho cuerpos que nunca antes habían navegado sobre las olas. El equipaje lo decidieron entre todos en la fiesta de despedida, que por supuesto se celebró en la casa. Se llevarían comida en conserva, legumbres y pasta, aceite, cervezas, vino, whisky, ron, ketamina y cocaína. A parte cada uno llevaría su mochila con lo que creyera conveniente. Mathias preparó su equipaje la mañana antes de salir. Sólo tuvo que hacer una bola con la ropa que llevaba más de un año amontonada en una esquina de su habitación. También cogió las gafas de sol y los instrumentos para hacer ganchillo. Pero por supuesto no podía acudir en un día tan importante sin su vestido de lunares rojos. Consideraba ese vestido lo más cómodo del mundo y si alguien le preguntaba que porqué lo llevaba le obligaba a ponerse uno al día siguiente. Lo más curioso es que una vez que un hombre se calza un vestido, no quiere volver a usar pantalones. Y sino que le pregunten a Marco, que esa mañana, como día especial que era, también se mudó con su mejor vestido (en este caso de flores). Tuf llenó su mochila con la bibliografía de Castaneda y Pierre era tan cínico que no pensaba llevar equipaje para lo que consideraba una muerte segura. Nicolai tampoco necesitaba mucho, su gorra le bastó para estar preparado. Aunque Nicolai es de esas personas que después de ver el equipaje de los demás, siempre quiere lo que los otros llevan.

Tenían un plan. Partirían desde Marseille dirección a las Islas Baleares. Y después, ya verían. Sólo de imaginarse a sí mismos a bordo del barco los heroes de la infancia volvían a florecer en su interior y el cuerpo se les quedaba pequeño para tanto ego. No se habían sentido tan orgullosos de si mismos desde que abrieron las puertas de la Casserne. Desde entonces cada día había sido igual de insípido en ese aspecto. Ahora tenían incluso ganas de llamar a sus familiares y contarles su gran plan. O quizás demostrarse a sí mismos que no son todo aquello que sus respectivos piensan de ellos.

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