MI TRABAJO CONSISTE EN PENSAR

PERSONAS

I. Llevo diez años, siete meses y veintiún días trabajando para los nazis.

Mientras colocaba de forma instintiva aquellos diminutos tapones de crema encima de su respectivo producto no paraba de pensar en su presente. En realidad, no podía determinar que era lo que más le preocupaba: si el presente, su hermano gemelo pasado o el futuro que le deparaba en aquella odiosa fábrica. Entonces tuvo un déjà vu, o algo parecido. Ocurrió al ser consciente del ligero toquecito que le daba al tapón una vez colocado encima del bote de crema, su lugar. Aquél ritual era igual o más importante que cualquier tipo de TOC que pudiera padecer cualquier persona diagnosticada de tal. Entonces volvió a aparecer la neblina del pasado y sin darse cuenta se trasladó a su primer día de trabajo, exactamente hacía diez años, siete meses y veintiún días.

«Lo primero que pensé al sentarme delante de aquella máquina es que se me cansarían los brazos enseguida porque nunca había sido de aquél tipo de personas que hacía ejercicio o practicaba algún deporte. Además, carecía de sentido del ritmo y el torno giraba siempre a un calculado y preciso compás y yo debía seguirlo sí o sí. Y la verdad, es que el primer día me veía totalmente incapaz. Seguí pensando aquello hasta que la máquina hizo un estruendo y un chorro de crema blanca salió disparada casi conscientemente hacia la cara de la chica de enfrente.»

 – ¡Siempre me tiene que manchar a mi! ¡Mira que guarra llevo la bata! – exclamó la chica manchada, medio enfadada medio decepcionada, dirigiéndose a una joven risueña que se encontraba a su lado.

«Llamaron al de mantenimiento y entonces aproveché para ir a beber agua. No nos dejaban tener botellas de agua en el puesto de trabajo. Debíamos pedir permiso para beber de una fuente que habían instalado al lado del vestuario. Aquellos tragos de agua eran lo mejor que me había pasado en toda la mañana. Entonces alcé la vista y vi un reloj colgado en la pared. Señalaba las 8:10. Repetí la acción varias veces para asegurarme de que no estaba lo suficientemente dormida y en efectivo, habían pasado dos horas y diez minutos y me habían parecido veinte minutos como mucho. Una especie de adrenalina recorrió todo mi cuerpo en sentido ascendente. Al llegar a mi cabeza me obligó a esbozar una sonrisa.»

Seguramente el recuerdo de aquella sonrisa la abstrajo del mundo un buen rato porque su despertar fue de aquellos en que mucho tiene que ver el agua fría. Sus compañeras estaban alarmadas y no tardó en darse cuenta de que la máquina se había atascado y, evidentemente, por su culpa. Se habían acumulado casi veinte botes sin tapón entre el torno y la rampa que los conducía hacia las cajas. Algunos de ellos se habían derramado y otros saltaban por los aires como palomitas recién hechas. Tardó alrededor de medio minuto en controlar totalmente sus extremidades. Entonces la chica que hacía diez años se había manchado de crema apagó la máquina y sin decir nada, entre las dos, recogieron los botes esparcidos por el suelo. A continuación volvió a encender la máquina y la situación retrocedía justo al momento previo al accidente.

Y un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce huecos giraban indefinidamente al ritmo del torno. La frialdad o quizás la automaticidad de aquellos movimientos le recordaban cada vez más al holocausto nazi. Los botes de crema eran judíos que habían sido engañados para ir a un lugar mejor. El torno era el medio de transporte, promocionado como una innovación de calidad, en la que cada pasajero dispondría de asiento individual y atención personalizada. Incluso les habían prometido un caldo casero para cenar. La máquina funcionaba de forma automática así que objetivamente no se podía acusar a nadie de asesino. Las dos operarias de cadena de montaje eran ahora unas cuidadosas acomodadoras. La primera de ellas les asignaba un asiento correlativo a cada uno. Entonces pasaban progresivamente por la segunda chica que les obsequiaba con un gorro insonorizado para que el ruido de la veloz innovación no perturbara sus sueños. Poco después, ya a cargo de la máquina, una especie de machete presionaría ligeramente el gorro para adaptarlo a su fisonomía, tardando los judíos varios segundos en darse cuenta de que les habían dejado sin oxígeno. Algunos pasajeros, que no acababan de estar cómodos en aquél transporte, se mantenían despiertos y atentos al proceso. Entonces, en la parte final, si eran lo suficientemente agudos, disponían de dos segundos para darse cuenta de que su precedente compañero iba a morir en el acto. En ese instante ya no podían hacer nada porque también se estaban ahogando. Pero como nadie les iba a ir a recibir a la estación, los casos se archivaban como desapariciones (si algún día fueron casos).

«¿De esta manera han transcurrido más de diez años?» Se preguntaba continuamente. Se sentía como una niña de siete años imaginando en la realidad los personajes de sus primeros libros de fantasía. «No he cambiado nada. No he cambiado en estos diez años ni en los diez anteriores ni quizá en ninguna de mis tres décadas.»

Pero no era verdad. Todo aquéllo eran mentiras piadosas que le hacían preocuparse pero a la vez enorgullecerse de aquella forma de pensar. Ella había cambiado mucho pero todavía no era consciente de la magnitud de su metamorfosis. De lo que si era consciente era de que podía dividir su vida en dos etapas. Hasta los veinte estudiaba y desde los veinte trabajaba. Trabajaba en aquella gigantesca caja metálica dónde cualquiera juraría que el objetivo grupal era hacer el mayor ruido posible. «Llevo diez años, siete meses y veintiún días trabajando para los nazis.» Razonar de esta manera le ayudaba a sentirse serena. No porque compartiera ningún tipo de ideología o complicidad con ellos, ni mucho menos. Simplemente aquella dosis de ficción diaria le ayudaba a mantenerse al margen de la depresión. 

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